Rusia ha recuperado la iniciativa gracias al enorme número de hombres que movilizó hace meses y que ya empiezan a sentirse en el frente. En el norte, en donde los ucranianos tienen a la 92 División blindada, la más ofensiva de todas, las tropas de Putin han empezado a empujar por Kreminna. Bakhmut está casi sitiada por los Wagner, que han roto las líneas por Soledar -el norte- y se acercan a la carretera de Konstantinivka por el sur. El miércoles, el mando ruso aseguró haber cerrado el cerco, pero yo mismo comprobé ese día que esto era falso, llegando a la localidad desde Chasiv Yar junto a tres periodistas. La situación allí, con todo, es mala. Putin lanza oleadas de convictos y luego bombardea a los ucranianos cuando estos pelean contra ellos. Sin importarle su propia gente. Sin piedad. Como Stalin. Al que se retira lo ejecutan. Incluso se jactan en redes de hacerlo con un martillo que ya es el símbolo del Wagner, que se apodan a sí mismos como «Los Músicos». Contra el consejo occidental, Zelenski lo fía todo al coraje y ha enviado a Bahkmut incluso a su guardia presidencial, además de a sus más aguerridas unidades. La ciudad se ha convertido en la Stalingrado del siglo XXI. En el sur, también empuja Rusia por Vuhledar, en Zaporiyia, por ahora sin resultado. Pero lo peor está por venir. Se dice que los movilizados por Putin -que lo ha hecho en parte en secreto- alcanzan los 500.000 y que pronto van a llegar a Ucrania como un tsunami. Antes de que Occidente envié sus famosos Leopard y Abrams. El frente sur es el punto más posible de impacto. Es también donde Ucrania acumula tropas, en mucha menor proporción. Al mismo tiempo, desde Bielorrusia, un ejército mixto incrementa día a día su número como para amenazar Kiev. Me gustaría dar otra visión de la situación, pero siento un frío en el alma. Un presagio de que esta guerra va a durar años y va a ser terrible y muy destructiva. Putin es el Hitler de nuestro tiempo y nos amenaza a todos.

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